Amor, esa palabra inconfundible,
que aunque no entiendo del todo… creo en él.
Amor, esa palabra innegable,
ese verbo insuperable, que nos alienta a vivir,
ese deseo continuo, ese beso tan vivo,
esa lágrima, ese instinto.
Amor, la definición perfecta de la vida.
La excusa inexcusable del destino.
El aliento de los vivos.
El deseo de los muertos.
Eso que no sabemos explicar.
Eso, que sentimos cuando está,
y lo que lloramos cuando se va.
Eso que nos hace soñar,
y que casi siempre nos hace suspirar.
Eso, eso es amor.
Es lo que llamamos sin saber su nombre.
Es lo que queremos, aun sin conocerlo.
Lo que nos alegra cada día que nos acompaña
y que nos entristece cada noche que nos abandona.
Es lo que solemos confundir con el deseo,
lo que tratamos de sustituir con la pasión.
Pero realmente, nada sustituye al amor.
Cómo sustituir lo que a ciencia cierta no se conoce,
lo que gramaticalmente no se puede definir.
Cómo podemos cambiarlo,
si ni siquiera lo tenemos en nuestras manos.
¡Si viene y va cuando se le antoja,
y que no en cualquier lugar se acomoda!
Eso, eso que no sabemos que es…
¡Eso es el amor!
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